Cosas de Reyna

El nuevo imperio



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Fue el 15 de mayo de 1867 cuando el ejército republicano aprehendió a Maximiliano de Habsburgo en Querétaro -la mal llamada Nueva Capital del Imperio- para dar fin a ese segundo capítulo de intervención francesa y motivo suficiente para que a partir de 1918 mediante decreto legislativo firmado por  el presidente Venustiano Carranza[1]  se declarara como fecha conmemorativa del día del maestro.  Para la UNESCO[2] el dia mundial del maestro es el 5 de octubre.

Pero vamos, quiero suponer  que Don Venustiano pensó que solo con  un pueblo culto sería posible una vida libre y soberana,  en el que la educación fuera el principal bastión al cual asirse como país intelectualmente capaz y que  en todo caso el imperio que seguía era el de la educación...

Si existe un tema ampliamente analizado y discutido a saciedad es el de educación.  Desde todos los puntos de vista posibles, desde todos los ángulos, desde todas las perspectivas a presente, pasado y futuro.  Y seguimos en la ruta.   ¿Hasta donde hemos llegado?  Mucho habría que hablar al respecto.  Estamos inmersos en la vorágine de la enseñanza con calidad, afanados en elevar indicadores de retención, equidad de género, de egreso y otros, en tanto que muchos profesores siguen pensando que enseñanza y aprendizaje son conceptos iguales.  La calidad es mucho más que números y estadísticas.  El concepto calidad educativa arropa a todos los actores sociales pero principalmente a los profesores, estudiantes, autoridades y padres de familia.  Si bien la reforma educativa aborda temas que durante décadas han sido espinosos como lo son la contratación por oposición, evaluación docente, administración de personal, entre otros, lo cierto es que deja con cierta palidez el modelo educativo en general. Siguen sin respuesta las ya añejas preguntas sobre el tránsito académico de primaria a secundaria, preparatoria y universidad. ¿Cumplen con los requisitos mínimos para acceder al siguiente nivel? ¿Conoce el profesor de primaria los retos que habrá de enfrentar el estudiante en secundaria y el de ésta el de preparatoria y el de aquí respecto a los estudios superiores?  Académicamente esta complejidad sigue sin atenderse adecuadamente.  Pareciera que el sistema educativo no es sino un conjunto de círculos que no se tocan.

Cada vez que entro a redes sociales y leo comentarios/redacciones de algún profesor(a)  que sin recato suelta sus dedos sobre el teclado destruyendo lenguaje y reglas ortográficas mínimas, pienso si acaso no estaremos devaluando en los hechos y en el aula lo que tan caro está costando social y académicamente.  Planes y programas de estudio empobrecidos, sin retos que asumir por parte de los  estudiantes ni de los maestros.  Cumplir sin obtener mayor conocimiento. Cumplir porque se debe hacer. Cumplir o medio cumplir, da igual sea por comodidad o porque el equipamiento y las condiciones de la escuela son precarias. 

Hace poco tiempo una maestra de primer año de primaria tenia a un estudiante debajo de su escritorio como castigo por ser sumamente inquieto.  El pobre infante día tras día llegaba al aula y más tardaba en sentarse en su pupitre que en ser sancionado de aquella forma.  Ejemplos alarmantes como este abundan tanto como la nula actividad del Estado para  atender estudiantes con capacidades intelectuales superiores que al final son  etiquetados como problemáticos solo para salvar el escollo. 

Por otro existen profesores que van más allá del simple deber.  Verdaderos maestros que van por la vida compartiendo su aprendizaje, motivando, haciendo, construyendo; ellos  por fortuna, son los que van acrecentando las filas del magisterio que se precia de serlo.  Los veo estudiando, preparando clase, su conversación gira en torno a sus estudiantes y el desempeño de éstos. Son ellos los que están edificando el nuevo imperio a partir de ciudadanos con un aprendizaje congruente dentro de  la Sociedad del Conocimiento  tal como lo definió la UNESCO al indicar que es necesario propiciar el aprendizaje permanente y la construcción de las competencias adecuadas para contribuir al desarrollo social, económico y cultural de la sociedad.

Pienso que mucho podemos hacer desde las regiones y municipios.  Una adecuada organización  que incluya los distintos sectores educativos, en una coordinación  que responda a lo que como comunidades deseamos, establecido en un plan de desarrollo educativo integral es el camino que puede brindarnos espacios de vida comunitaria de mayor nivel en todos los ámbitos.  

 Lo que  inquieta y preocupa es que la calidad de la enseñanza dependa con mucho más de un acto de voluntad del profesor y de su actitud al trabajo que de un sistema con reglas claras y estructura suficiente para brindar soporte a una educación de calidad.  










[1] https://www.sep.gob.mx/es/sep1/15_de_mayo
[2] http://en.unesco.org/themes/education-21st-century

Vialidad municipal







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Uno de los temas que ha ido adquiriendo relevancia en los municipios es el sistema de vialidad. Se ha tornado punto de conversación y discusión cotidiana de los habitantes en las que sus opiniones versan sobre  la cantidad de altos, semáforos, nomenclatura de calles y avenidas, cantidad de vehículos en circulación, transporte urbano, espacio para tránsito de bicicletas, sentido de las vialidades entre otros tantos.

Hace veinte años este rubro no era principal ni cuestión de agenda para los gobiernos.   Si acaso hubo alguna que otra administración municipal o estatal que dio énfasis al asunto pero igual fue de temporal o de proyectos de corto alcance.   Lo cierto es que diversos focos rojos se están encendiendo y no precisamente los de los semáforos que en tantos municipios son estructuras huecas, sin uso, como fantasmas de lo que fue o reproche permanente de lo que no ha sido. 

La vialidad de un municipio es el libro abierto del orden que guarda un ayuntamiento porque la calidad de vida de los habitantes se ve con mucho reflejado en aquella.  La movilidad de los ciudadanos es cada vez mas compleja.  Se requiere trasladarse al trabajo, dejar a los niños en la escuela, ir a bancos, hacer el super,  acudir a reuniones y atender compromisos de diversa índole que implican ir de un lugar a otro varias veces al día.  Sin darnos cuenta, poco a poco ocupamos más tiempo en trasladarnos. Requerimos  mayor paciencia para soportar baches y topes, éstos últimos bautizados oficialmente con el rimbombante nombre de reductores de velocidad.  Cualquier ciudadano sabe que tomar el volante significa también ser un tanto adivino dado que han surgido altos imaginarios que, en un atentado a la lógica y sentido común, -ya no a la ley- se expone a ser multado de no cumplir con tan debatible obligación.     Ni que decir de la desorientación que causa la falta de nomenclatura en calles y avenidas. 

En la vía pública confluyen varios actores: conductores, ciclistas, peatones, usuarios, pasajeros y autoridad de tránsito. Ante esta diversidad  los municipios deben ser celosos guardianes de la función pública de tránsito, eficaces organizadores y cabales ejecutores de proyectos que garanticen la seguridad de todos.  Así, no es la mayor existencia de patrullas o la alta  asignación de personal lo que hace un mejor servicio, sino la eficacia y la eficiencia con la que desempeñen sus funciones.   Hace poco me encontraba haciendo alto  en zona escolar y observé como el oficial señaló alto a los conductores de vehículos que transitaban por la calle para permitir el paso a niños que salían de la escuela.  Nada tendría de particular lo anterior si no fuera porque el propio oficial evidentemente desconocía su labor y sin orden ni disciplina permitía que los menores cruzaran sin ellos hacer el alto peatonal al que también están obligados.  El ingenuo gendarme se deshacía en exigir alto incluso a automovilistas que ya habían cruzado la bocacalle quienes intempestivamente debieron parar su marcha para dar paso a los escolares  que ni siquiera se dignaron en voltear a sus lados y que tampoco dejaron de jugar al atravesar de lado a lado.   Al final este tipo de actuaciones deja más desorden y menos aprendizaje que fomente las buenas prácticas en la materia.

Existen sí, autoridades municipales que pretenden mejorar este aspecto.  Pero se requiere más que buenas intenciones o voluntades. Se precisa un sistema vial que responda a las necesidades actuales y con proyección a futuro  para un municipio que se precie de estar en la ruta del desarrollo.  Se precisa un sistema adecuado elaborado por verdaderos profesionales y no otro hecho a partir de percepciones, vagas ideas  o de usos y costumbres.  O de aquellos que responden a caprichos de administraciones en turno o de partido político en el poder.  Un sistema como tal debe atender aspectos relevantes como son el patrón urbano, orden territorial, salud y calidad del aire, uso del tiempo, seguridad de los usuarios, costo ambiental, control y regulación del tráfico, entre otros factores que inciden en una red vial sustentable.   En este sentido los ayuntamientos tienen una enorme responsabilidad pro cumplir.


Por otro lado, si la vialidad de un municipio es el libro abierto del orden que guarda un ayuntamiento, la civilidad que los habitantes tengamos frente a aquella es la que habla por la educación que tenemos como sociedad.  Historias sobre estacionarse en sentido contrario, hacer alto  a plena calle incluso con automóviles en fila de circulación, acceder arbitrariamente a espacios para personas con necesidades especiales, rebasar indebidamente, hacer sonar el claxon, gritar improperios, conducir sin ton ni son, o conducir entonado –léase bajo efectos del alcohol- son conductas entre otras muchas que agreden a la sociedad y que provocan una saturación crónica que contamina a las comunidades. 





Calidad educativa de las instituciones de educación superior. Acreditarse, evaluarse o morir


Está claro que el acceso generalizado a una educación de calidad dá más posibilidades de éxito a las democracias. Al Gore.


Evaluar y acreditar  son conceptos que han ido posicionándose fuertemente en todos los ámbitos que conforman a la sociedad. Se practican evaluaciones de diversa índole dentro de los sectores empresarial, industrial, gubernamental y/o productivo.  Normas que aplicar, estándares que cumplir, rubros que mejorar, adecuaciones que establecer, recomendaciones que atender, planes de mejora que construir, análisis que realizar con perspectiva de calidad aquí, ahora y a futuro, sustentabilidad y mejora continua…solo por mencionar algunos.

La educación superior no queda al margen. Evaluar  y acreditar son términos bastante conocidos al interior de las instituciones de educación superior (IES);  quienes saben de esto asumen de inmediato que implica una enorme cantidad de labores, de aportación de documentos, de evidencias de trabajo colectivo e individual, de exposición fehaciente de los haceres y quehaceres de los docentes, de la institución, estudiantes, trabajadores, etcétera.   Llega un punto en que es necesario detenerse y reflexionar un poco sobre esta avalancha de información para evitar que en la práctica se traduzca  en el ejercicio de una moda educativa donde la finalidad sea obtener una reluciente placa de acreditación/evaluación   o en el peor de los casos, que se transforme en una cuestión más del aparato burocrático para terminar siendo un montón de papeles clasificados y ordenados en lustrosas carpetas.

Treinta años atrás en México era casi un pecado mortal mencionar siquiera que las IES pudieran evaluar su trabajo, de tal forma que los planes y programas académicos quedaban al arbitrio de - en el mejor de los supuestos- órganos colegiados integrados por académicos que tal vez con una buena dosis de voluntad y algo de experiencia en la materia sacaban adelante proyectos interesantes.  En aquel contexto, bajo circunstancias referenciales de la época, el profesorado universitario lograba calificar su tarea como educador pero se desconocía que tanto influyó positivamente en el resultado, es decir, en la formación profesional de quienes concluían estudios. Preguntas e inquietudes quedaban latentes:  ¿Hubo una ganancia educativa para el egresado? ¿Cumplió la IES en brindar las herramientas necesarias para el ejercicio profesional? ¿Fue el tránsito del universitario un martirio académico o una experiencia gratificante? ¿El plan de estudios de la carrera era adecuado a la demanda laboral? ¿Obtuvo o no herramientas suficientes para su desarrollo profesional? ¿Tuvo buenos maestros?...

Esos y  otros cuestionamientos fueron ganando terreno en un mundo que estaba cambiando. Así surgieron varios modelos gubernamentales para la mejora de la educación en todos sus niveles aunque  el universitario o superior fue quirúrgicamente abordado por implicaciones históricas relacionadas con la autonomía.   Pero cambió y lo sigue haciendo.  Hoy en día la calidad educativa implica 1) mejorar los aprendizajes de los alumnos,  2) que exista mayor cobertura/retención y  3) igualdad y equidad de género.  Ante estos grandes retos es evidente que el marco de financiamiento debe ir aparejado con la calidad y la transparencia de la actividad educativa y que el ejercicio docente debe ser eje fundamental dentro de las políticas educativas gubernamentales establecidas en el Plan Nacional de Desarrollo y sus derivados.  

En México existen organismos tales como el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior (COPAES)[1] asociación civil que funge como única instancia autorizada en materia de acreditación de la educación superior a nivel nacional el cual agrupa a treinta organismos acreditadores.   Por otra parte se encuentran  los Comités Interinstitucionales para la Evaluación de la Educación Superior, A.C. (CIEES)[2]  éstos  llevan a cabo procesos de evaluación a las  IES y tienen como objetivo contribuir a la elevación de la calidad de la educación superior pública y particular.   En suma, la diferencia entre un organismo y otro es que CIEES evalúa con fines de diagnóstico y de formulación de recomendaciones que tiendan a elevar la calidad de las IES y sus programas en tanto que COPAES parte de una evaluación diagnóstica.   El evaluador se compromete con el mejoramiento de la calidad.  El acreditador certifica que la calidad existe.  No son entonces organismos equivalentes sino en todo caso complementarios. Mención aparte sería  quien acredita al acreditador o quien evalúa al evaluador.

Recientemente tuve oportunidad de acudir  al  Simposio sobre Acreditación de la calidad de la Educación Superior en América Latina celebrado en León Guanajuato en el que participó el Mtro. Vicente López Portillo, Director General de COPAES.  En una magistral intervención sobre la acreditación en México expuso no solo la información oficial sino también su pensamiento en torno a ella.  Puso el dedo en la llaga y abordó lo que en ocasiones son temas espinosos que se mencionan a voz baja, evidenciando que es un conocedor de los haceres y quehaceres en los espacios de educación superior. Y lo hizo a manera de mejorar la concepción en la ejecución de los procesos.   La acreditación no debe ser un esquema tortuoso para las IES ni esta debe transitar el camino con la mente puesta en el documento de validación porque entonces se estaría en la ruta del burocratismo educativo  y no en el  aseguramiento de la calidad educativa.

Acreditar o evaluar  no es acudir a dictaminar una escuela con olor a pintura recién aplicada, con pupitres nuevos o pizarrones con plásticos que delatan la adquisición de última hora o la compra de pánico final.  Tampoco es la simple recolección de datos y evidencias ni mucho menos bandera política para escalar posiciones dentro del esquema universitario o al revés, motivo de sanción para algunos  por no haber obtenido el  reconocimiento anhelado en la forma esperada.    Tal vez implica romper paradigmas pero no voluntades que con ese ánimo se autoevalúan con rigor no con complacencia.  Del otro lado, los organismos evaluadores no son ni deben asumirse como auditores ni fiscales.  Ni como  jueces ni verdugos.  

El punto que une a las IES con CIEES y COPAES  es el reconocimiento y necesidad de ser evaluados y/o  acreditados porque implica realizar primero una profunda autoevaluación que permita identificar tanto las fortalezas como las áreas de oportunidad en función de los resultados y los fines establecidos  en un plan de estudios para, en un segundo momento, formular y llevar a cabo acciones en consecuencia. Acciones que comprometidamente deben asumirse por todos los participantes.   

Los organismos evaluadores y acreditadores deben ser  promotores  de la mejora educativa instaurando procesos simplificados que atiendan las características particulares de las IES  en su contexto local y regional sin que esto signifique una desvinculación de lo global, pues es debido  afirmar que una universidad exitosa se localiza en regiones exitosas, de ahí que los procesos deben ser respetuosos del entorno y condiciones particulares analizados bajo ciertos estándares académicos y elementos de juicio que  garanticen alta calidad de los servicios educativos. Cada evaluación o acreditación tiene sus particularidades y ninguna puede ni debe compararse con otra. 

Al final,  el centro de lo antes expuesto es el estudiante,  actor principal  dentro de los procesos de evaluación y acreditación, quien debe tener la certeza de pertenecer a una institución educativa garante de la calidad académica,  responsable ante la confianza depositada en ella y donde la evaluación y acreditación son verdaderos ejercicios de análisis, de mejora y calidad educativa no como un proceso burocrático aislado o peor aún simulado,  sino como forma de vida cotidiana de la institución educativa a la que pertenece.   Que la pertenencia sea entonces justificadamente motivo de orgullo y estandarte de éxito.












 








[1] http://www.copaes.org
[2] http://www.ciees.edu.mx

Votar o no votar el uno de junio